Una tarde de esas


Hay murales efímeros e improvisaciones jazzísticas. Por qué no intentar un relato literario improvisado, gestado en el Facebook. Sanciprián escribió unas líneas como preámbulo a su post de música de Los Rollling. Aguilar Díaz piensa que es el principio de un cuento así que intenta unas cuantas líneas. Aquí

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Una tarde de esas

Ciudad

Marzo 26, 2019 23:07 hrs.
Ciudad Municipios › México Estado de México / Texcoco
René Aguilar Díaz/Alex Sanciprián › todotexcoco.com

Al filo de la mesa 7 bebo mezcal. Espero a una ingrata. Sé que su tardanza es premeditada. Ha dejado de amarme. Solo me tolera. Y mustia llega, pide guisky y subirle volumen a la música de los Rolling.
Me mira como se mira a alguien que se acaba de conocer, después pierde la vista hacia ninguna parte y canturrea entre dientes "You can’t always get what you want, / But if you try sometime / You just might find you get what you need!".
¿Lleva dedicatoria? Me digo que no, pero con ella nunca se sabe.
Me acerco a la barra; le pido al compadre que ponga Dead Flowers. Ella entorna los ojos: su mirada es un reproche.
--Siguen siendo Los Rolling, ¿no? --le digo. Ahora yo mastico la canción "...Send me dead flower by the mail / Send me dead flowers to my wedding / And I won’t forget to put roses on your grave...".
Creo que será una tarde de esas...
Con voz mandona y ademán gentil ordena me acerque. Avanza su rostro y trata de plantarme un beso. Perdona, tengo gripa. Ahí te dejo tus Rolling en volumen 17. Llevo tres mezcales. Pagas. Gracias por llegar. Me largo. Cuídate.
Salgo del Silvino’s Bar a tientas. El sol de las 2.30 de la tarde me enceguece. Todo es resplandor. Me arde el pecho. Es coraje. Lo sé. Debí soltarle una prodigiosa leperada. Camino sin rumbo preciso. Resuenan los acordes de Simpatía por el Diablo. Necesito otro trago.
No he alcanzado la otra acera cuando siento un garfio en mi hombro.
Óyeme, cabrón, cómo que te vas así nomás.
Rechino los dientes, pero no voy a hacer una escena en la calle. Eso es lo que ella quisiera.
Repentinamente me invade un cansancio que no viene de los músculos, sino de más adentro, de un lugar impreciso de mi cuerpo. No sé si seguir mi camino o dejar que sea otra tarde de esas: miradas como alfileres ponzoñosos, palabras hirientes, tal vez una bofetada y terminar enfrente, en un cuarto del hotel Castillo.
Aproveché el tosco desdén. Le apliqué un revés retórico. ’Vaya, vaya, con la yegua baya que saltó la valla... Eres un torbellino Kitsch. Medio la abrazo y le digo al oído. Acaba de una vez de un solo golpe... por qué quieres matarme poco a poco... okok. Regresemos al Silvino’s quiero otro trago pero me toca ronda musical con Javier Solís. ¿Podrás, sin mentarme la madre?’.
¿Javier Solís? Estás muy old fashion, papi. ¿No te has enterado que hasta la Orquesta del Lincoln Center acompaña boleros a Rubén Blades? Ella vio en mis ojos que se gestaba en mi corazón el sano deseo de asestarle un recto a la mandíbula porque cambió su tono ácido por otro dulzón y, conciliadora, dijo: Anda pues, pongámonos nostálgicos… vamos, te invito otro mezcal. ¿De verdad te ibas a ir y dejarme pagar la cuenta? ¿Eso le haces también a tu señora? No que va, ella te asusta. He visto en su feisbuk que es una feminista tremebunda… Creo que hasta le tienes que lavar la ropa… Me detuve en seco a la puerta del Silvino’s Bar. ¿Vas seguir jodiendo toda la tarde?
Porque déjame decirte que cuando me enchilas, me dan ganas de cantar boleros y recitar poesía. Pero bueno, bebamos como civilizada pareja enferma. Tú la reina de la asimetría y yo un pobre diablo lastimero del romanticismo tardío. Tú la ruda y hostil y yo tu sombra, nada más... sentados de nuevo en la mesa 7. Llegaron los tragos y algo de botana. Cesaron los Rolling Stones y la irrupción de las trompetas fue una Epifanía: la voz, el fraseo, el feelling de Javier se soltó como llovizna suave, fresca. Bebió su guisky de un solo trago y yo el mezcal como dicta el manual: a besos. Miré su rostro y un dejo de arrepentimiento clareó. Me guiñó como hacen los vehículos en la carretera, con un cambio de luces que deja al viento esa sensación esperanzadora de que vas en buen camino.
Otro mezcal resbalando por la garganta y la voz de Javier resbalando por al alma: Mas si pretendes remover las ruinas / que tú misma hiciste, / sólo cenizas hallarás de todo lo que fue mi amor… Ella me veía, mojándose los labios con la lengua y tratando de ocultar su aburrimiento. Vi, como en una película que se ha visto muchas veces, que en unos minutos se quitaría un zapato y, por debajo de la mesa, me acariciaría el tobillo con su hermoso pie estilizado, me tomaría de la nuca, autoritaria, acercaría mi cara a la suya y me diría al oído, vamos allá enfrente, quiero coger, me urge que me cojas. Lo que hizo fue humedecer la yema de su dedo índice en sus labios que se hinchaban de deseo, me lo puso en la punta de la nariz fugazmente al tiempo que decía: voy al baño, no me tardo. Su sonrisa era la promesa de una tarde de esas, de loca y pervertida lujuria.
Javier Solís atacó desde la rocola: Payaso / soy un triste payaso / que oculto mi fracaso con penas y alegrías / que me llenan de espanto. Le di el último beso al mezcal y en ese momento supe que tenía que salir de ahí. Fue como un resorte fuera de mí control que me hubiera disparado fuera del asiento. Dejé unos billetes en la mano del compadre Silvino y sin decir una palabra traspasé la puerta hasta la calle. El sol seguía intenso. A paso ligero alcance la acera de enfrente. Al llegar a la esquina creí escuchar que gritaban mi nombre. Pensé en la esposa de Lot que volvió la mirada para ver la destrucción de Sodoma y se convirtió en estatua de sal.
Con la mirada fija en el frente me perdí entre el gentío de las cuatro de la tarde.

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